lunes, 24 de noviembre de 2014

Coincidentes

Lo vi caminando a ritmo de asteroide, junto a él, un sonido diferenciador, seco y pegadizo: su respirar incesante, ronco, repleto de miedos. Yo como espectador, guardando distancias, asustado, a paso calmado, el sudor vomitando por mi rostro. Él no paraba de vibrar en una melodía desconcertante, y el día se apagaba en mis ojos, supongo que también en los suyos.
Eramos danzarines en medio del desierto, en un espectáculo psicológico, un drama, un cuento. Él, su camino, y detrás, delante, a su izquierda, a su derecha yo, y mi recorrido era simetría, plagio, y mis ojos eran los de Picasso; mi recuerdo me lo resume en 'omnipresente'.
1, 2, 3, los peldaños respondían en el ascenso; yo, taciturno, repasaba los escalones, uno a uno, subía sin saberlo. Un giro a la derecha, mi izquierda, una puerta que se abre y la misma secuencia; ahora se derrama hasta su habitáculo, cierra; y deambulo, perseguidor, perseguido.
Me sorprende, y el baile acaba, su cuerpo descansa inmóvil en la cama; quietud infinita, y noto un silencio que se merma, un silbido hondo que resuena, debe ser la guerra que se avecina, o la que se recuerda.
Abre los ojos, y observo a través de las bolas cristalinas, entonces algo cambia, vuelven los agudos perennes, su mirada busca, busca, me ve, aquí estoy, su rostro se transforma, una sonrisa burlona, una mueca, tal vez una despedida.