jueves, 26 de marzo de 2015

Paisaje Urbano

Vuelve a la ciudad tras años de exilio, su viejo trasto avanza a duras penas por las agrietadas carreteras. El camino de escombros le causa una pequeña impresión, una fase muy temprana de una emoción, hace tiempo que no siente la realidad, pero sí reconoce el aroma tibio a acero oxidado, y sus músculos recuerdan imágenes espontaneas de unas razones que han desaparecido. En aquel lugar tuvo un compañero, ahora lo recuerda mientras enciende su último cigarro a orillas del río; el tiempo no se consume, la ceniza cae, pero siempre vuelve, no hay ningún motivo, tan solo unos pensamientos arbitrarios y una sensación corpórea que pesa. Con los restos de fuerza que le quedan intenta preguntarse a si mismo, sin embargo sabe bien que la conversación acabó en algún tiempo pasado. No tiene a nadie, no quiere a nadie, no intenta interactuar, y el reloj pulula en un mundo lejano, como si no tuviera que acabar. Los negros edificios y la oscuridad están ahí, observando, nota la mirada del resto de las cosas, de lo que se mueve; algo le dice que se están despidiendo de él, y lo acepta. Ni siquiera se pregunta de donde pertenece, y desde fuera se le ve invisible; tal vez no tenga lugar, o quizás sea eterno, o puede que sea la expresión del concepto abstracto (¿el vacío, el tiempo, el existir, el convivir?).